Recomendación semanal: Los cuatrocientos golpes, película que inició el movimiento más importante del cine

Hay películas excelentes que poseen errores técnicos. Y películas técnicamente muy bien realizadas, pero de un vacío y de una sequía interiores que da pena. Para mí es mucho más importante la inspiración, las ganas de decir algo, de hacer algo. Lo demás es menos importante.

François Truffaut

Me ha pasado un montón de veces que un filme técnicamente inferior a otro se me hace mucho mejor por las emociones y mensajes que transmite. Estoy seguro que Los cuatrocientos golpes (1959) es uno de esos.

Su director François Truffaut vivió una infancia muy dura, al tener una madre que no lo apreciaba, estar corto de un padre, y convivir en una sociedad que lo rechazaba y lo empujaba al borde de la delincuencia.

François Truffaut  1932-1984

Pero su vida tomó un giro drástico cuando de joven sin ninguna ocupación, conoció al crítico más influyente de Francia André Bazin y se quedó bajo su tutela. Siendo esta película un recuento de sus experiencias personales y un homenaje directo a su mentor.

La trama podría considerarse autobiográfica, abarcando la adolescencia de un chico llamado Antoine Doinel, que interpreta indirectamente a su director. Comenzando con esta cinta una amplia colaboración actor-director del joven Jean-Pierre Léaud y un visionario Truffaut.

Jean-Pierre Léaud

Situándose en la París contemporánea, la escena que abre la película nos muestra los alrededores de la ciudad y su inmensa belleza, generando un momento cinematográfico que permanecerá en la conciencia parisiense por las futuras generaciones.

Pasando de la primera escena a la siguiente, podemos comprender que la belleza que habita las calles no es la misma que habita la sociedad, pudiendo ver al pequeño Antoine en la escuela siendo pintado como el busca pleitos de la clase, y escribiendo una clase de protesta en la pared.

Pero nos damos cuenta casi inmediatamente la incomprensión que rodea al ingenioso chico, al ser visto incorrectamente como lo que no es tanto por su maestro como por su madre y padrastro.

Habitando un apartamento reducido, vemos situaciones en momentos muy graciosas pero no del tipo ridículo, sino del tipo inocente. Sobretodo cuando alabando al gran escritor francés Balzac, el adolescente construye un pequeño altar que producirá un pequeño incendio.

La cinta como un todo, posee el estilo característico de la nueva ola francesa, siendo esta película una de las fundadoras del movimiento, que constituye, en mi opinión, el movimiento cinematográfico más importante del medio. Todo esto proviene de la educación dada por el teórico Bazin, que le dio un sentido a la vida del director, siendo esta cinta un homenaje al aprendizaje dado.

André Bazin, uno de los críticos de cine más influyentes de la historia

 

Considero que Los cuatrocientos golpes, es la mejor y más conmovedora película sobre la adolescencia, al retratar un relato personal que explota la mentalidad de una sociedad contra el individuo, y demuestra a la perfección las emociones que pueden surgir con este cambio.

Una de mis escenas favoritas, es cuando dentro de toda la desesperación y el rechazo hay un momento intermedio en que el protagonista va al cine con su familia. Dejándonos una sensación de que por ese pequeño instante todo estará bien, y que antes de que las cosas se vayan por la borda existirá ese minúsculo momento de felicidad.

Para finalizar, no puedo más que alabar su asombroso final, que constituye una de las mejores escenas de la historia. Al ver al ahora cambiado Antoine huyendo por la playa del horroroso lugar al que lo han mandado, y en ese momento de desesperación se enfoca su cara congelándose el cuadro. Mostrándonos una expresión de la que no tenemos idea, y en la que nos preguntamos el futuro incierto del personaje.

Ya para concluir, esta es una de mis películas favoritas. Y como mencioné al principio estoy consciente de que películas como Breathless (1959) son mejores técnicamente, pero Los cuatrocientos golpes llenó el vacío en el que me encontraba y me dejó con una incógnita: ¿Todos nosotros somos como el incomprendido Antoine Doinel?

 

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