Día del libro: Entre recuerdos y anécdotas

Mi primer encuentro con ellos provenía de uno de esos ejemplares antiguos que están en todas las casas, no puedo recordar el titulo pero el momento en sí fue algo que siempre recordaré.

Todos nacemos y nos formamos a partir de historias, nuestra especie es la más fiel admiradora, amamos los relatos y todo tipo de anécdotas. Significan una asombrosa oportunidad de vivir las experiencias del otro, saber más sobre su vida o simplemente relacionarnos con una persona.

Siendo una fuente inagotable, la invención de esos relatos escritos, nació en sociedad. Plazas y cuentacuentos, elementos vitales que formaban a una civilización antigua.

No planeó dármela de experto historiador, así que no les contaré el inició de la literatura o los libros, pero sí abarcaré mi experiencia con ellos, remontándome a momentos que mi memoria apenas sostiene.

¿Cómo comenzar?

Como mencioné al principio aquel encuentro suponía una revelación, o como sinceramente fue, no encontré ningún dibujo en el libro y lo dejé tirado en el piso.

Obviamente había tenido reuniones muy largas con ellos, pero nunca reuniones personales, todas se habían efectuado a la hora de dormir y provenían de libros infantiles de gran tamaño llenos de ilustraciones geniales.

El primer libro en el que de verdad me paseé fue uno sobre invenciones asombrosas y cómo surgieron, era de máximo cincuenta páginas y estaba plagado de ilustraciones.

Nunca lo podré olvidar porque al leerlo en el colegio, un fotógrafo me retrato dentro de un estado de lectura muy profunda y aparecí en el periódico al día siguiente sobre una noticia de educación primaria.

Dramatización de la escena…

Hay un momento en el que el niño se convierte en adulto, cuando finalmente se decide en tomar un libro sin ilustraciones y terminarlo por cuenta propia. Cosa que en mi caso, tomaría una gran cantidad de años en lograr.

Lo único que podía escuchar en mi casa, eran lecciones sobre la importancia de leer y el amor al conocimiento, pero mientras dibujaba en unas cartulinas perdía mi foco de atención hacia el tema.

Al aprender a leer un nuevo mundo surgió, pero me tomaría más tiempo del que debería descubrir algo de profundidad en él. Habiéndome criado con una hermana y un hermano, noté rápidamente sus cambios provenientes de la lectura.

Mientras correteaba y pasaba todo el día haciendo garabatos, mi hermano terminaba libros flacos y gordos, en donde antes que me diera cuenta su habitación parecía ahora una biblioteca municipal.

Por mi afán de querer verme más intelectual, tomé docenas de libros gigantescos y los situé cerca de mi cuarto, pero lamentablemente nunca los terminé, destinando incontables marca libros a las primeras páginas de estos.

Mi problema es que sin antes haber leído una historia corta o cuento, me aventuraba en libros que me hacían leer más el diccionario que a ellos mismos.

El que haya tratado de leer esto sabe de lo que hablo…

Las cosas cambiaron en cierta medida, y pude terminar uno que otro libro, solo que invertía más de 6 meses en cada uno. Cuando el colegio los mandaba de tarea, mi interés se desvanecía a cada página.

Aquellas obras magistrales, que para el momento parecían más torturas que disfrutes, empezaron a cambiar gradualmente. Sobretodo cuando al leerlas era premiado con una nota perfecta.

Pero siempre habrá una excepción a la regla, y todo el que sea venezolano debe conocerla. Proveniente del llano y con palabras casi incomprensibles, la nóvela Doña Bárbara firmaba los tratados para una guerra de aburrimiento.

Entiendo que puede ser una obra maestra, pero un adolescente no tiene ni la más mínima idea de por qué, teniendo como única noción haberse visto la película días antes.

Todo adolescente prefiere ver esto a leer por meses la novela…

“La obra clásica es un libro que todo el mundo admira, pero que nadie lee” dijo Hemingway, nunca pudo haberlo dicho mejor.

Antes de que me diera cuenta, las cosas al fin cambiaron, y saliendo de un limbo iliterato pude empezar a leer de muchas otras fuentes. Dejaba las del colegio para última hora, concentrándome en obras que me fascinaban.

Repasando mi experiencia con ellos, me parecía una pérdida de tiempo en principio, pensaba que al ver una película de dos horas me ahorraba todo el trayecto.

Siendo ingenuo, pude comprender que los libros son los ahorradores de tiempo por excelencia, llegando a vivir la vida de un rey, un atormentado detective o un intelectual en tiempos medievales, en menos de 300 páginas.

Experiencias que me tomarían infinidad de siglos en lograr, pueden aprenderse en meses o semanas. Las virtudes del medio, acentuaron mi criterio, pudiendo aplicar lo aprendido en cualquier situación cotidiana.

Hoy en día, tendemos a dejar los libros para el final, ya que con artículos en Internet que no abarcan más de una página, tenemos la información que queremos cuando queremos. Sin considerar el daño que en exceso pueda producir.

Dicho problema puede provenir incluso de vídeos cortos, que siendo honestos han reducido nuestra capacidad de atención para obras mayores, como películas de arte o documentales.

Puede que esté exagerando y suene como un anti-progresista, pero de vez en cuando vale la pena sentarse a leer por unas cuantas horas, buscando obtener algo que quizá no se encuentre allá afuera.

Aunque este artículo parezca más una autobiografía, análisis como estos son vitales para el individuo, y debería ser una tarea para todo lector. Analizar nuestro pasado para comprender porque nos gusta tanto el medio.

Recuerden cómo empezaron a leer y quizás descubran cosas nuevas sobre ustedes. En una sociedad tan difícil como en la que vivimos, desconectarse por unas horas en busca de conocimiento y aventura es algo que todos debemos hacer.

“Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer”. Alfonso V el Magnánino.

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