Gabriel Payares: “La escritura marcha a contramano del inmediatismo”

“Vivir, al final de cuentas, funciona tal y como se escribe una novela: a tientas, borroneando, queriendo deshacerse de las hojas mal escritas y conservar para siempre las prodigiosas”

Los relatos siempre se han mantenido en la sociedad como un reflejo constante del ser humano por contar y oír historias. La intencionalidad de cada una de las palabras que integran un texto pueden alterar el producto final y ofrecer un mayor o menor impacto en el lector. Como muestra de ello se encuentran los trabajos del escritor venezolano, Gabriel Payares.

Payares nació en Londres en 1982 y vivió gran parte de su niñez y adolescencia en Caracas.  Licenciado en Letras por la Universidad Central de Venezuela, magíster en literatura latinoamericana por la Universidad Simón Bolívar y ganador de varios concursos entre los destacan el Concurso de Autores Inéditos 2008 de Monte Ávila Editores, el V/VII Premio para Jóvenes Autores de la Policlínica Metropolitana, entre otros. Fue seleccionado como parte de los escritores menores de 40 años ganadores de las Becas de Escritura Creativa del Ministerio de Cultura.

Fotografía: Letralia

Ha publicado varios títulos entre los cuales destacan:

– Cuando Bajaron las aguas (2009)
– Hotel. (Puntocero, 2012)
– De qué va el cuento (Antología, 2013)
– Tiempos de ciudad (Antología, 2010)
– Nuevas rutas. Jóvenez escritores latinoamericanos. (Antología, 2010)

Conociendo la trayectoria del autor, se realizó la siguiente entrevista:

1) ¿Cómo comenzaste a escribir?
¿Qué elementos consideras que describen tu estilo literario?

Usualmente explico que comencé a escribir porque tuve una infancia muy solitaria. Cosas de ser hijo único de padres mucho mayores, recién llegados a la clase media en los 90, década de la crisis y el callejón sin salida, puedo decir que crecí cultivando mi mundo interior en desmedro del mundo de afuera. Recuerdo llenar cuadernos de relatos muy rústicos y fantasiosos que denominaba “mis películas” a falta de un mejor término. Jamás fui bueno para dibujar. Tenía que conformarme con la escritura, como el guionista de una película que sabe que no podrá dirigir.

Respecto a mi “estilo”, no sé si realmente haya alguno todavía. Pienso que todo lo que uno haga antes de los 40 es experimental, así que simplemente pruebo. He tenido momentos de más introspección y escritura reflexiva, como en Hotel (2012), pero pronto aparecerá una colección de relatos mucho más ansiosos, más corporales y hasta violentos. Tal vez sean ésos los adjetivos de la época.

2)¿Has considerado escribir para otros medios, tales como el cómic o la televisión?

Quizá lo haya considerado, sí, pero jamás lo he puesto en práctica. Me encantaría probar. Sobre todo el cómic y la novela gráfica, género del que soy asiduo. Pero, como te digo, apenas puedo colorear sin salirme de la línea.

3)¿Cómo es tu proceso de autocrítica a la hora de escribir? 

La autocrítica es una trampa necesaria. Por un lado impide, en dosis saludables, caer en la tristeza de publicar hasta las facturas de la luz. Sobre todo cuando hay ansiedad por publicar, por darse a conocer, por cosechar manitos en Facebook. Por otro lado, cuotas demasiado altas paralizan, obligan a abandonar proyectos, desaniman cuando para escribir lo más necesario del mundo es el empeño. Los textos, al contrario de lo que la gente supone, se resisten a ser contados, como resiste el mármol al impacto del cincel del escultor.

¿Consideras que las obras pasadas son fantasmas o retratos que forman parte de un estilo que evoluciona?

Mi relación con los textos publicados es semejante a la que tengo con mis antiguos amores. Algunos, con el tiempo, ganan en espejismos, brillan más que cuando los tenía entre manos. De otros, en cambio, tiene un tercero que recordarme. La literatura llega siempre tarde a las manos del escritor, y por lo general en ese tiempo de espera ya se ha cambiado el intelecto y el corazón. En el mejor de los casos recuerda a los álbumes de fotos, pues se vuelve a ellos para saber quién hemos sido. Y como diría Marguerite Durás, uno escribe para averiguar qué cosas escribiría si escribiese.

4) ¿Cuál es tu perspectiva de los concursos literarios?

En general, a menos que se trate de algo muy trascendente, duran unas dos o tres horas de llamadas telefónicas y mensajitos de texto. A lo sumo un par de entrevistas. Menos aún dura la plata, de haberla. Son, sin embargo, buenas golosinas para la autoestima literaria: no alimentan demasiado, pero distraen y sacan sonrisas.

5) De acuerdo a algunos de tus escritos cada palabra lleva una intención ¿Cómo logras sintetizar ideas de forma breve?

No sé si lo logre, de hecho. Mis últimos relatos tienden a engordar en su extensión, a punto tal de tenerme intentando hace rato una primera noveleta. No sé si eso tenga mucho que ver con la “intención” de las palabras. ¿Qué cosa en la vida carece de intencionalidad?

6) ¿Cuáles son los autores que más te han marcado como autor?

Por suerte han sido numerosos, muchos más seguramente de los que podré recordar. Milan Kundera marcó un hito en su momento, al igual que Imre Kertész y toda esa narrativa europea tan pesimista. Kafka fue también un autor influyente, así como lo fue después Roberto Bolaño. Pedro Juan Gutiérrez, Mario Bellatin, Vila-Matas, Fernando Vallejo, César Aira y sobre todo Ian McEwan son casos contemporáneos que leo con fervor. W. G. Sebald y Thomas Berhard son amistades difíciles, que le debo a Victoria de Stefano.

En poesía, admiro a Eugenio Montejo, Roberto Juarroz y MiyóVestrini. En cómic prefiero a Daniel Clowes, Art Spiegelman y la escuela de la historieta argentina: Breccia, Trillo, Oesterheld, Altuna. He intentado siempre ser lo más promiscuo posible con mi orden de lecturas.

7) Si tuvieras que ofrecerle algún consejo a un aspirante a escritor…¿Cuál sería?

Sonará trillado, pero leer. Leer mucho.Sobre todo en esta época tan histérica, en que todo el mundo está convencido de que si no dice constantemente lo que piensa, no existe. Hay que aprender de a poco el valor del silencio y la paciencia, de la lectura insistente y variada, así como a desconfiar del ruido y la atención pública, de las lucecitas de neón y los flashes de las fotos. La gente a duras penas lidia con la avalancha informativa y exige que todo se lo presenten en un tuit. Pero si uno quiere escribir, debe marchar a contramano de esa cultura de la velocidad y el inmediatismo.

“Parar el teclado un rato y leer, pensar, viajar. Todo sirve. Conformarse con la realidad inmediata o con lo que uno supone que “la gente quiere leer” es la fórmula de la mediocridad. Y sobre todo: coraje. No se hace literatura si uno no pone los propios riñones en el asador.”

Crédito fotografía portada: Lisbeth Salas. (Cuatrocuentos)

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