Reseña de Desde allá: ¿Triunfa el cine venezolano?

La sexualidad se vuelve territorio ambiguo cuando la identidad de un individuo no es establecida, ya sea por la presión social o las diferentes personas que están en tu vida, definir desde los comienzos una personalidad se vuelve difícil en un entorno inseguro, y esto es lo que nos plasma el filme desde un principio.

Ya sea llamado un tema tabú o contenido sensible, la homosexualidad toma terreno en el cine nacional desde hace ya unos años, recibiendo cada vez más admiración cuando un nuevo proyecto de este contenido llega a las pantallas.

Cintas como Azul y no tan rosa (2012) o Pelo malo (2013) han tratado la temática desde diversos puntos, pero en esta ocasión nos encontramos con la última promesa del cine venezolano, quien recibiendo el premio más alto del Festival de Venecia, planea postrar a escena un nuevo cine. ¿Pero de verdad logra su cometido?

Interrogantes como esta resonaban en los medios el año pasado, una esperanza de renacimiento llegaba al fin, y después de serios problemas de presupuesto y distribución en el territorio nacional, Desde allá del primerizo director Lorenzo Vigas al fin llega al ojo público.

Mis expectativas eran gigantescas en esta ocasión, sobretodo por la calidad del medio en la actualidad. El cine venezolano adopta forma independiente pero sigue adquiriendo los vicios de su superior californiano, ya sea por la controvertida vida política y económica del país o por la falta de desarrollo, tenemos en posesión un legado largo pero poco conservado y perdido en la proliferación de estereotipos de nuestros medios.

La película escrita por el talentoso y aclamado Guillermo Arriaga (Amores perros, Babel), nos cuenta la historia de Armando, un hombre de mediana edad que busca jóvenes para satisfacer sus deseos sexuales pero a la vez inquietantemente distantes. Los conflictos con su padre descansan en un segundo plano, y conoce a Elder, un joven de clase baja con quien iniciará una especie de relación llevada por la violencia y la presión social del barrio.

Por muy familiar que suene la trama a otros proyectos como Boulevard (2014), filme donde Robin Williams también interpretaba a un hombre en busca de jóvenes, la realización se distancia grandemente de producciones por el estilo. Dejando los sentimientos, pero alejando muchos de los conflictos familiares y hollywoodenses.

Al contrario de proyectos anteriores del guionista, la realización es totalmente contraria al estilo movido y estrambótico del director Alejandro González Iñárritu (Birdman, Amores perros). Un ritmo pausado y corto de banda sonora protagoniza, trayendo un estilo europeo totalmente distinto al que estamos acostumbrados. ¿Pero acaso esto es bueno?

Siempre he estado en defensa de esas películas que se desprecian por ser “lentas”, me parece absurdo calificar a una película por su ritmo si no se sabe muy bien la intención de este. Y en mi opinión, este es uno de esos casos, donde el ritmo no me parece justificado.

Directores como Ingmar Bergman o Michael Haneke son marcados de aburridos por sus tramas lentas, pero esto es para reflejar una tensión o espacio de reflexión que se extiende más allá del cine. En Desde allá no tuve mucho sobre que reflexionar, ni tampoco en el ámbito de tensión, más bien vi un ritmo pausado solo por ser pausado, dejando una experiencia tediosa al ver diversas escenas que luchaban para encontrar fluidez.

Bergman hablaba de dar vida a sus grabaciones mediante el montaje o edición, pero aquí solo veía diferentes pasos para un desenlace del que no salí satisfecho. Incluso si las acciones eran desastrosas y podían provocar enormes consecuencias, todo pasó sin repercusión, y cuando uno de estos actos al fin era enfrentado, aparecían los créditos y se acababa el filme.

El entorno social era dado por sentado, cosa que admiro en muchas ocasiones, pero veía una ciudad sin identidad muy diferente a los proyectos anteriores de Arriaga. En Amores perros o Babel, la ciudad protagonizaba junto a los actores, pero aquí era solo un escenario fácilmente remplazable.

Cabe destacar el trabajo actoral, que merece admiración por la falta de estereotipos vistos en pantalla, algunas escenas entraban un poco en el territorio pero salían inmediatamente como si fueran auto-conscientes. Los dos protagonistas llevaron la relación con credibilidad, incluso si no era una relación de pareja como pensaba, pero al final no pude sentir una preocupación latente por ambos. Armando, por ser ingenuo en algunas instancias y terminar realizando una acción apresurada que termina la trama, y Elder, por terminal siendo un criminal indeciso de quien se merecía todas las consecuencias que lo rodearon.

Me desconcentré en la totalidad del filme viendo al techo o absorto en mis pensamientos, las decisiones estilísticas se veían fuera de lugar en una cámara estática que restringía y desaceleraba cada escena. La falta de música se acentuaba terriblemente, llegando a desear que cualquier melodía diegética persistiera para no tener que oír los diálogos que parecían llevar a un punto muerto.

Al salir de la sala tenía sentimientos ampliamente diversos, no del filme, sino de mi opinión al respecto. Lo consideraba una buena opera prima, cosa que sin duda fue, pero me equivoqué gravemente al considerarla buena bajo los estándares del cine nacional. La frase: “Es buena para ser venezolana”, se convierte en un insulto para nuestra consideración y nos impide elevar los estándares para buscar la realización de películas con calidad.

La definición de una identidad sexual fue un elemento vital del argumento, mas este no se vio explícito en la trama, haciendo la experiencia un festival de escenas largas que van de un lugar a otro para hacer una especie de declaración. Al menos rompió relaciones con las malas prácticas de nuestro cine, dando una apelación internacional al contenido que por tradición lleva un marcaje criollo extremadamente molesto.

Películas como Papita, Maní, Tostón (2013), son ejemplos del cine que debemos evitar. Llenos de clichés absurdos y suposiciones de una identidad venezolana llevada de la “viveza criolla”, el nombre más denigrante para una sociedad que cada día pierde su identidad en la realización de escaso contenido por la fatídica crisis que atraviesa el país.

Si ven el filme y se sienten decepcionados, alégrense porque pueden aludir a nuevos estándares de criterio que no juzgan una obra por su procedencia sino por su contenido y calidad. Debemos trabajar para incentivar obras de este estilo, que aunque hoy sean un intento fallido y no puedan sostener el peso de largometraje, ofrecen nuevos panoramas a los estándares criollos que con más trabajo y vitalidad podrá obtener la fama mundial que tanto tiempo ha buscado.

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