La película que engañó y cambió el cine para siempre

Todo comenzó en 1910, cuando el joven Robert Flaherty se aventuraba a la bahía de Hudson para trabajar en el ferrocarril, un hombre dedicado y que hacía su trabajo como todos los demás contempló por primera vez al pueblo que habitaba la zona y fue poseído por un interés gigantesco.

Nada fuera de lo común, como muchos de nosotros pensaríamos, la vida salvaje representa un enorme atractivo cuando provienes de una época tan industrializada como la nuestra. Simplemente no existen ansías mayores por abandonarlo todo y conseguirse una de esas chicas simples, y eso fue exactamente lo que hizo Flaherty —o por lo menos algo parecido.

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Todo un pillo detrás de esa mirada

Al notar lo interesado que se encontraba, su jefe del ferrocarril lo incentivó a grabar la vida que tanto le interesaba, y este —totalmente encantado con la idea— tomó un curso de cinematografía en Nueva York para grabar con precisión sus aventuras en la tercera expedición que realizaba hacia 1913.

Quizás por cosas del destino o por la misma participación del hombre, la enorme cantidad de cintas que trajo consigo se incendiaron “accidentalmente” luego de que su cigarrillo hiciera contacto con el rollo. Aunque hubiera incendiado 30.000 metros de cinta y recibido quemaduras en sus manos, la copia de edición sobrevivió y pudo mostrarla a pequeñas audiencias.

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Totalmente accidental…

Lo que este trató de ocultar salió a la luz revelando a un amateur que no tenía mucha idea de lo que grababa, dejando tomas confusas y sin trama alguna, donde la palabra película se vería radicalmente cambiada a diario de viaje. Pero en vez de abandonar la idea, consiguió presupuesto y se dirigió en ya en 1920 a Quebec para dar comienzo a la filmación de Nanook, el esquimal.

Aquellos enterados en la historia del cine podrán reconocer el nombre, y dar un testamento de los sucesos posteriores, donde se tiene suficiente material para hacer una película biográfica, y muy posiblemente, ganar un Oscar.

Un año completo de filmación acompañó un proceso sumamente satisfactorio, en donde el público fue expuesto a la novedad del momento, al seguir la mítica historia de un cazador de la tribu Inuit que junto a su esposa e hijo, tendrá la tortuosa tarea de sobrevivir otro invierno mediante a la caza, pesca y construcción de iglúes.

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Un iglú de verdad…

Como un llamado divino Flaherty consiguió tomas celestiales para plasmar un viaje dentro de la comunidad esquimal, donde se observaban tradiciones míticas acompañadas de un estilo sorpresivo y completamente nuevo para su tiempo: el documental.

Para pertenecer al cine mudo, el filme habla directamente con el espectador y narra la historia del celestial cazador, dejando datos interesantes sobre la vida salvaje y mostrándonos la realidad por el lente de la cámara, algo hecho anteriormente con la duración de un minuto a forma de experimento y sin historia perceptible.

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Empleados saliendo de la fábrica Lumière (1895)

Miles de elogios y documentales después, llegamos a la parte interesante de la historia, pero antes consideremos unos cuantos hechos para ilustrarnos. Digamos que llegas a la tierra Inuit acompañado de equipo cinematográfico y miles de metros de cinta quemada en tu ademán, esta vez no soltarás un cigarrillo por accidente.

El proceso de selección no fue tan difícil, la cámara pasiva y casi escondida se vería suprimida por los aldeanos que se ofrecieron a ayudar en la producción. Hombres trabajadores que veían los artilugios por primera vez y los manejaban mucho mejor que el propio Flaherty lo acompañaron en el proceso para descubrir un nuevo mundo proveniente del pasado.

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Nuestro imaginario alrededor de los esquimales incluye al famoso iglú, trineos de nieve y lanzas intermitentes, pero lo que habitaba en ese lugar eran costumbres actualizadas como la caza con rifle y un completo conocimiento de la cultura occidental.

Muy pocas personas quisieran ver eso —pensó este—, al hacer contacto con el mejor cazador de la aldea y ofrecerle el papel protagonista en una historia totalmente ficticia. El mito y la leyenda de la sobrevivencia acompañaron cada escena, mostrando la lucha del hombre contra la naturaleza mediante escenas totalmente planificadas y extremadamente cortas de realidad alguna.

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Esta escena fue idea del propio Nanook…

Verán, los documentales poseen un contrato implícito con la audiencia donde todo lo que se muestra constituye parte de la realidad, pero como el nuevo cineasta entendería, primero debes romper todas las reglas para crear algo nuevo, y vaya que lo hizo con gran esplendor.

El esquimal Nanook convive en una aldea Inuit con su esposa e hijo, teniendo encuentros con una segunda mujer del lugar, ¿cómo plasmar esto? Simple, es únicamente necesario contratar a tus dos amantes locales como actrices. ¿Cómo mostrar al famoso iglú? Haz que lo construyan y después córtalo a la mitad para que la luz pueda entrar por uno de los lados y así iluminar el interior. Y finalmente, ¿cómo plasmar la caza esquimal? Deshazte de los rifles y oblígalos a usar una lanza.

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 La gente amó cada segundo de la película, coronando la fama internacional del director y tomando cada escena con la mayor seriedad posible, sobretodo el emotivo final en donde se expresa claramente como el famoso esquimal murió dos años después por inanición.

Flaherty pudo fumar su cigarrillo con extrema tranquilidad incluso cuando una de sus dos amantes dio a luz a su hija, la cual nunca reconoció a pesar de que esta fuera relocalizada a un área donde vivió bajo condiciones decadentes. Dejando de lado la tierra que alguna vez lo cautivó, su siguiente documental de ficción fue en el archipiélago de Samoa, una isla soleada en donde cualquier destello del pueblo Inuit desaparecía por completo.

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Con Moana —su película de 1926— grabó ahora a la sociedad polinésica en la magnífica isla, recibió el cariño de su esposa y tres hijas, y nunca más trajo a colación las áridas tierras canadienses. Nanook —o como en verdad se llamaba Allakariallak— murió pacíficamente de tuberculosis en el seno familiar de su aldea Inuit.

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