¿El valor del cine es subjetivo?

Observando una estatuilla de Jesucristo colgada en mi entrada, pequeños pensamientos me vienen instantáneamente si la observo con detenimiento. Brazos de Jesús: Iglesia, salvación, entrega, seguridad, sacrificio . Toga blanca: pureza, inocencia. Manto rojo: pasión, sangre, amor.

Claramente, todos estos pensamientos provienen de mi visión implantada desde la niñez en el catolicismo, pero si en este momento yo extiendo mis brazos de la misma forma, siento cosas extremadamente remotas al pensamiento cristiano. Desde una posición de “entrega” me fusiono en poder, y desde el “sacrificio” tengo una sensación de dominio.

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Arrodíllense ante su amo y señor…

Ahora en la pantalla, surge un efecto subjetivo de visión-artista-audiencia, donde tenemos el sonido e imagen en el mundo sensible y pequeños movimientos —incluso en los momentos de total quietud— nos sugieren una presencia física. Pero todo se da completamente en el mundo idealista, relacionando los estímulos audiovisuales a sentidos e imaginarios.

Apartándonos, juzgamos, pero entrando de lleno a la obra, experimentamos. Pudiendo medir la efectividad y cantidad de sensaciones en el tiempo que estos se mantengan con nosotros.

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Todavía sigo llorando…

Pero proviniendo de un país moribundo y en total sub-desarrollo, los temas de cualquier filme reciben el tinte de la frustración y el deseo —pasando las intenciones del autor a un segundo plano— para destruir cualquier significado general. Llegamos a ese nuevo significado, pero muchas veces pasamos de alto la calidad del mismo dentro de limites racionales.

Volviendo ahora a la imagen de Cristo, la idea representada puede cambiar, y al darle una propia imitación la percepción se ve alterada, pero la forma física en sí permanecerá intacta, alterando en algún sentido la realidad subjetiva pero dejando la misma imagen con alteraciones  imperceptibles.

Sucede lo mismo con la película, pero cuando se planta una visión expresada en la puesta en escena, nuestra impresión del filme en cuestión cambia, ya sea embelleciendo o estropeando lo fotografiado.

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Aunque esto no se pueda embellecer más…

Entrando ahora en la visión de un autor, y no se puede obviar, todo su equipo técnico, podemos comprender que el cine es el arte más subjetivo de todos por plasmar la realidad en la imagen (como la pintura) y en el sonido (en algún sentido como la música). Pero aunque lo subjetivo sea elemento esencial para el artista, el valor de la obra no proviene de un derecho divino, o frases tan dañinas como: “la belleza está en los ojos de quien la observa.”

Si sólo existiera un valor personal, las películas más apreciadas serían las grabaciones caseras de eventos familiares, teniendo una concepción del cine que nunca llegaría a medio de expresión sino a invento de fines meramente prácticos. Y por si fuera poco, no se contemplaría algo parecido a buen cine o mal cine, concepciones basadas en consenso objetivo al tener obras claramente mejores que otras.

Como podríamos declarar en este punto: el cine es subjetivo en cuanto presentación, pero en ningún momento se debe considerar su calidad como algo meramente subjetivo. Muchas veces llegamos a confundir términos, clasificando lo que nos gusta y lo que es bueno en la misma categoría, y dejando de lado ciertas concepciones y prejuicios que convierten una obra objetivamente buena en algo totalmente malo.

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Como The Tree of Life por ejemplo…

Comprender la cualidad de abstraerse para juzgar puede parecer difícil, llegando a delimitar sentimientos de nuestra niñez como el veredicto final para juzgar una obra infantil, y no teniendo el suficiente ojo crítico como para reconocer méritos más allá de uno mismo.

El filósofo David Hume describiría  sobre la estética, que algunos nacen con buen gusto —cosa que me cuesta creer— pero este buen gusto se puede adquirir considerando ciertos argumentos y exponiéndose a la obra y sus derivados. Deberíamos entonces concentrarnos en desarrollarlo por medio de un simple estudio y un día en la corte a las grandes obras del cine, o bien sea, nuestras películas favoritas.

Los valores objetivos que podríamos considerar en la materia de estudio, serían méritos en cada departamento, desde la actuación al uso de las luces, y nos podemos encontrar con escalas de categorías en diferentes sitios de reseñas. Pero aunque la parte técnica puede ser esencial, una buena película no siempre es impecable, y ahí es cuando entra la emoción de la que tanto he hablado.

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Recordemos los inicios de nuestro amigo Lars…

Una persona lo suficientemente motivada puede aprender a reconocer cualquier toma fuera de lugar o problema en el audio, y aunque esto persista como una limitante, muchas veces puede pasar desapercibido sin tocar siquiera el impacto generado por el mensaje final. Juzgar desde fuera es demasiado sencillo, pero cuando las sensaciones empiezan a llegar se tiene algo que va más allá de cualquier toma bien encuadrada.

Manejándonos ahora en el esquema de las ideas, tenemos una clara concepción del significado que se planta no sólo en el contenido sino también en la forma,encontrando un mensaje que puede acatarse a la subjetividad, pero reconociendo objetivamente su calidad en la manera que nos haya llegado.

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Birdman podría ser otro ejemplo…

Puede que lo técnico no sea siempre lo más importante; pero el mensaje tampoco debe tomarse como factor predominante. Todo se resume en la relación de estos dos y queda en las manos de quienes han desarrollado este buen gusto, llevarnos a reconocer obras que hemos dejado de lado por el exceso de subjetividad.

Si bien todos tenemos gustos diferentes, limitar la concepción del arte a esto es ridículo, y la mayoría de las veces proviene de ocasiones en las que simplemente no hemos reconocido las virtudes de una cinta en específico, y por nocivo que sea, las encontramos y las dejamos pasar por exceso de orgullo. Nuestros gustos pueden estar sujetos a cambios, pero cuando una película es buena por las razones necesarias, la opinión general sobre ella se vuelve inmutable.

 

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