Atrapado en un entorno | Conversación con A

pecesglobo

Me vi, después de mucho tiempo, en la obligación de conversar con A. Desde hacía varios meses que no me reencontraba con ese lugar en el que había pasado trece años y que, por fin, había logrado salir. Pensé: ahora solo me queda salir de este y del otro, pero con calma. Me avisó por Whatsapp que estaría bien con tal de que fuese después de esa hora.

─ He estado por pasar a visitarlo, dígame usted cuándo.

─ Cualquier día a golpe de 1:00pm estaría bien. Nos sentamos con calma, y no solo tomamos café, también arreglamos al mundo.

Al ver esa respuesta, no dudé en reciclarla. Sentía que, en vez de leer un simple mensaje, me encontraba frente a un cuento de esos que no se olvidan. Así que, pasaron semanas desde aquel aviso, semanas en las que o yo estaba demasiado ocupado o él se le olvidaba, después de todo tantos años de vida no son gratis para la memoria. Aproveché de escribir un cuento, utilizando como último recurso aquella frase con la que me había contestado el mensaje. Llegó el día, y para mi sorpresa aún lucía tan cómico como tan viejo.

─ Tanto tiempo y usted sigue igual, ¿Cómo está todo?

─ Jodido y en Caracas. ¿Qué es de tu vida? ─ dijo asintiendo con la cabeza y la mirada en alto.

Subimos hacia la cafetería, y en el camino venía escuchándolo, pero al mismo tiempo recordando ese lugar al ver pasar a tanta gente, y después de haber saludado a todos sus colegas, al menos los que pude ver mientras lo esperaba sentado en el banquito de Leddy y Ramos. A ellos los había saludado, Leddy apenas y me saludó de lejos y apurada. El abuelo Ramos sí me estrechó la mano. Tenía un nuevo aire, algo cambiado, se dejó el candado. Ahora parecía un súper abuelo rockstar de los noventa.

Llegamos a sentarnos a pesar de tanta gente llenando las mesas. Nos brindaron el café, un padre barrigón del que alguna vez me habría burlado en la niñez. Sentí como si no hubiesen pasado las horas, no suelo concentrarme tanto al hablar con alguien, y menos en público, pero A parece tener siempre algo bueno que contar. Cuando creí haber encontrado el momento indicado, lo saqué del bolso.

─ Tenga, ahora escribo cuentos, y éste es para usted.

─ ¿En serio? Déjame leer…

Se puso los lentes. Me apartó la mano cuando iba a botar los vasos con resto de café. Se levantó a echarlos y, al regresar a la mesa, no quitó la vista de las letras. Se reía de vez en cuando, señalando la frase cómica con la que se habrá sentido relacionado. Al terminar solo dijo:

─ Muy bueno, la verdad. Tienes que escribirme otro, Rodriguito.

No nos quedamos mucho tiempo conversando después de eso. Me comentó que andaba sin nada en la barriga,ni siquiera agua, se le hacía pesado continuar a esas horas de la tarde conversando conmigo. Lo regañé por no entender sus malos hábitos metabólicos. Lo acompañé hacia al carro.

─ Parece que le está fallando la memoria, ¿no?

─ Coño, pana. Son más de setenta años respirando, y la mitad tratando más que haciéndolo.

─ ¿Y los rábanos? Para eso son!

─ Bah, qué va ─ dijo arrugando la cara y frunciendo el ceño.

Frente al estacionamiento, cerramos la conversación. Y como buen español, despidiéndose con un abrazo fraternal antes que estrechar la mano. Entonces lo entendí.

─ No te pierdas, amigo.

 @rarovar

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