Atrapado en un entorno | Encuentro pasajero

celares

No creo en ángeles caídos del cielo que, provenientes de una fuerza divina, viajan a este mundo para darte ánimo justo en el momento indicado de tu vida, cuando caes bajo. Pero, a partir de hoy, empezaré a creer, como parte de la estupidez humana que llevo en mis genes. Aunque no precisamente sea un ángel en su forma más literal y metafórica que hace ver un libro que escribieron un poco de ladillados con barba para inventar una ficción que hoy no es más que una empresa con millones de seguidores en todo el mundo, ¿con que eso no se lo esperaban? Hoy, por alguna razón, me vi sin ánimos para siquiera terminar el día con energías positivas. Empecé a tener secuelas de rencores que creí haber ahogado hacía varios años. La melancolía parece ser parte, a veces, del código neuronal más vulnerable a punto de morir para renacer mañana, instalarse en la Silla Turca y gobernar al frontal, quizás por un buen tiempo, ¿habrá quien lo derroque?

Otra vez. Otro día. El mismo parque. Cuando caminaba entre los charcos de barro, intentaba, por un momento, imaginarme fuera de este entorno, allá, lejos, en donde algún día seré lo que hoy sueño. Así que corriendo cada vez más rápido que la zancada anterior, sentía como los pulmones inhalaban y exhalaban lo de ayer, lo dejaban en el camino, el corazón de Berlín se me aceleraba, el latido más profundo me carcomió hasta la sien. Pienso: todo será mejor. Estiro las piernas a flor de músculo, sentado en el banquito azul lleno de hormigas rojas y zancudos patas blancas. Entonces, de no sé dónde, ella apareció.

─ ¡Hágalo hijo! Aproveche, que a esta edad ya no se puede.

─ ¡Pero, usted puede caminar!

─ Sí, mi niño, gracias a Dios. Yo nací no sé en qué año, pero hace mucho, y nosotros corríamos… en Mérida, corríamos sin miedo, no como ahorita, hijo. ─ dijo dejando un suspiro largo a medias.

Me contaba, mientras intentó recordarse, que en sus tiempos la cuestión no era en nada parecida a la de hoy. Le pregunté su nombre, después de haberla vista por segunda vez.

─ Olga, hijo… Me iban a poner Juana, y creo que tuve suerte…

─ Sí, yo también lo creo.

─ ¿Y tú? ─ preguntó riéndose como si fuera joven otra vez.

─ Rafael.

─ Ah, como San Rafael, la medicina de Dios. Cuídate mucho, hijo.

─ Igual usted…

─ Sí, pero tú más que yo… ahora es que te queda de vida, ya yo voy de salida con ochenta y tres años, tú cuántos…

─ Dieciocho.

─ Pero si eres un bebé, Dios te guarde. ─ dijo apretándome el brazo y yéndose con un adiós.

Le prometí que algún día saldremos de esto. Seguí sentado por un rato. Sonreí. Mañana será mejor.

@rarovar

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