Atrapado en un entorno | Biodegradable

Caricatura de Roberto Weil, (Diario TalCual). 

Se me acabaron los secretos, los borradores, las comas, los verbos, todo. Se ha desnudado esta prosa, y con ella un lenguaje y pensamiento ahora tan fuerte como la unión de dos moléculas de hidrógeno.

Y es que nada es para siempre, dicen. Todo se acabará. No habrá dolor punzante en los lumbares. Y así como termino de escribir la última palabra de hoy, también se terminará mañana de escribir el libreto más podrido y manchado de sangre que hoy parece quedarse sin diálogos, aunque muchos aún no conserven la esperanza de que suceda de una buena vez. Pero si el tiempo nos ha enseñado algo, es a esperar. La obra se acabará, y el telón será el recuerdo de una farsa sin materia.

Hoy me duele ver a un joven más de mi generación caer en el asfalto, y lamento que seamos nosotros los que con sangre deban pagar el error imperdonable de las generaciones que nos anteceden, quienes pretenden dejar el problema en nuestras manos, problema que, por cierto, comenzó cuando apenas nosotros empezábamos a abrir los ojos al venir por primera vez a este mundo, a esta sagrada tierra, a una Venezuela que estaba a punto de decidir el porvenir más sádico de toda su Historia jamás narrada en libros, ni jamás estudiada de una forma correcta para evitar las consecuencias que hoy son el día a día, y que pesa tanto como una cruz de acero reforzada con titanio.

Parpadea dos veces y verás que sigues leyendo esto. Tú, que me lees, ¿sabes cuántas veces has parpadeado mientras tus ojos se pasean por estas letras?

Nos miramos a los ojos a través de la palabra puta, infiel y mala de mi prosa también puta, infiel y mala. ¿Valió la pena?

Queda un solo parpadeo que se termina justo en la última letra, pero lo cierra un punto y final tan seco como el aliento de una población en extinción que se desangra con la tierra infértil de un mal que nos azota como a cerdos.

Las voces del silencio, la armonía más perfecta que se escucha en las madrugadas, juntas gritan el adiós que dan las almas de una generación apuñalada con la propia espada Libertadora. ¿Quién responde a ellas? ¿Qué dirá Bolívar cuando se entere que su memoria ha sido profanada como su Patria?

La última gota de rocío se derramó. No hay sed que quite el hambre, ni hambre que sacie la sed. El dilema es sencillo, al igual que la ecuación:

Decidir si seguir atrapados en un entorno… o romper las paredes del dolor… con el silencio que nos queda.

Porque como bien dijo el Maestro alguna vez en un poema:

“… Y cuando todo se acabe

por siempre en el universo,

será un silencio de amor,

el silencio”.

Y solo espero que todo sea como cada letra, como cada mirada, como cada viento:

Biodegradable.

cuatro

@rarovar

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