Entrevista a Mario Morenza: El escritor que me ayudó a escribir

Fui atacado demasiado temprano por una especie de intoxicación, y no hay nada por lo que me sienta más agradecido. Ya diría muy bien el narrador Rudyard Kipling: Las palabras constituyen la droga más potente que haya inventado la humanidad., en mi caso particular fui introducido, casi con el lujo del narcotraficante, de una manera muy gratuita que me llevaría sin lugar a duda a generar una adicción.

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Si usamos las consideraciones de Kipling, todo aplica con una inquietante precisión…

Sin más que aparecer en el periódico promocionando a mi escuela mientras sostenía un libro, las palabras y el mundo de la lectura eran extremadamente ajenos a mí, pero como buen hermano pequeño hice todo lo posible por imitar  y encontrarme con el curso al que me escabullí, un viaje intrigante titulado Mares narrativos dictado por un tal Mario Morenza.

Mintiendo sobre mis grandes hábitos de lectura, pude mezclarme con el grupo y seguir mucho de lo que hacía mi hermano, pero encontré en aquellas lecturas en voz alta y conversaciones todo lo que necesitaba para prender esa mecha diminuta que podría salvarme de la completa mediocridad. Un asombroso profesor.

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Y con mucho estilo quisiera agregar…

Aquel Mario del que hablaba logró avivar ese interés y comencé a escribir por primera vez, consiguiendo el valor necesario para terminar en un sitio así. La lumbre que nunca se apagó me llevó a participar en más talleres de este tipo, y cuando finalmente volví a un curso de Mares narrativos tuve la oportunidad de conocer mejor al aclamado maestro, teniendo el honor de recibir una de sus últimos libros y naciendo una idea que me perseguiría a lo largo de las seis sesiones.

El hombre bendito, como lo podríamos llamar, inició su trayectoria con el genial libro: Pasillos de mi memoria ajena —el cual poseo firmado, como dato curioso— y por los momentos radica como docente en la UCV con unos cuantos premios bajo su escritorio. La idea de conseguir una entrevista me fascinaba, y después de unos cuantos meses de espera, he aquí lo que conseguí:

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Excelente libro por cierto…

Entrevista a Mario Morenza

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Sombrero no incluido…

—¿Cómo empezaste en el mundo de la escritura? ¿Cuándo comenzaste a escribir y por qué?

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Estoy empezando en el mundo de la escritura. Pese a que tengo quince años estudiando literatura, creo que nunca dejaré de estar aprendiendo a escribir. Tal vez, cuando tenga treinta libros publicados, también te responda lo mismo: apenas comienzo a leer y tendré la certeza de que nunca terminaré de leerlo todo ni de escribirlo todo, al menos que sea poseído por el mal del bartleby (risas).

Cada nuevo relato, cada nuevo párrafo, cada nueva historia que proyecto escribir es una forma de iniciación. Es buscar, indagar, moverse, en los meandros de las emociones propias y ajenas, en los padecimientos comunes de los venezolanos, en la exploración de nuevas formas de respuestas para desentrañar todo misterio que se nos atraviesa en la vida. Vivimos en el misterio, diría un poeta. Es una contradicción, se responde. Una vida está llena de contradicciones y a través de la escritura he hallado mis mecanismos para aclarar esos misterios del universo desde Bachillerato, cuando escribía canciones para un grupo imaginario que tenía (ya pensaba en una novela que no escribí sobre una grupo de rock al estilo Peter Gabriel o U2) o cuando descubrí a Otrova Gomas o Aquiles Nazoa, libros de mis abuelos, tío y padre, que andaban por la casa y que fueron puertas que de a poco fui abriendo. Leía a Otrova Gomas y Aquiles Nazoa y me decía: «Guao, debo escribir libros como estos. ¿Y qué carrizo se estudiará para ser escritor?».

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Cuando pienso en las puertas, esos libros que me abrieron un mundo de libros de historias, de películas, de series, de vidas, quizá en los cuentos que me echaba mi abuelo y mi abuela, mi papá, aniden las primeras palabras, las primeras semillas de la necesidad (humana, natural) de contar que me guiaron hacia esas puertas de las que hablo. Tal como cuenta un carpintero cuando construye una silla. Como cuenta un físico cuando descubre una nueva fórmula. Todos, a nuestra manera, tratamos de despejar incógnitas.

            —¿Cómo piensas que la literatura sea relevante en el entorno social que habitamos (Venezuela)?

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La literatura en mi caso —ya viéndola desde una mirada distinta al punto de vista del creador—, me ha ayudado comprender el país. Sin duda. Desde las lecturas de la vanguardia histórica, en la que encontramos autores como Arturo Uslar Pietri, Guillermo Meneses, el primer Meneses, Julián Padrón, Miguel Otero Silva, hasta nuestro días, en la que soy asiduo lector (por estudio y por gusto) de Miguel Gomes, Luis Felipe Castillo, Ángel Gustavo Infante, Juan Carlos Méndez Guédez, Miguel Hidalgo Prince, Carlos Colmenares Gil o Hensli Rahn; estas lecturas me han ayudado a comprender lo que somos como país. El alma de una nación, leemos en Teoría literaria de Warren y Wellek, yace en su palabra escrita, en su literatura. En la ficción he visto más realidad de la que pueda transmitirnos, por ejemplo, RNV, VTV o Venevisión.

            —Pequeños consejos para los nuevos escritores y los recién llegados al área de la escritura.

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Leer. Leer mucho. Leer a los nuestros, para saber cuáles son nuestras raíces, nuestra tradición. Nuestro origen. Son los consejos que me han dado mis maestros, porque, como afirmé líneas arriba. Yo también estoy comenzando.

El origen de esas historias que están en nosotros y quieren salir. Ser original es ir al origen. Continuar con esas temáticas que están enhebradas en nuestros ADN narrativo. Leemos Blue Label de Eduardo Sánchez Rugeles y leemos, seguidamente, una novela publicada 117 años atrás: La tristeza voluptuosa de Pedro César Domínici. Está colgada en Internet. Y notaremos el diálogo estrecho que existe entre ambas novelas. Los exilios. La violencia. Los desencuentros de sus personajes son hilos intactos que diagraman lo que líneas atrás te comentaba: tejidos del alma de nuestro país: polarizado desde ya hace mucho tiempo en eso que llamamos, o mal llamamos: la lucha de la civilización vs. la barbarie. Leemos, lo que nos explica Alejandro Moreno en su breve pero recomendable libro La familia popular venezolana: un país netamente matricentrado, donde los hombres nos vemos primero como hijos antes que hombres, y que una vez se cortan ciertos lazos pasamos a ser exhombres. Me hablabas de un consejo y creo que he olvidado el sentido, la dirección de tu pregunta, Juan Pablo; en resumen, el único consejo que puedo darles es que lean, lean de todo. Investiguen las temáticas y teorías que quieran desarrollar en sus cuentos, en sus cómics, en sus guiones; eso le dará una solidez significativa a toda su imaginación. Creo que el proceso creativo debe apoyarse en una investigación, en un trabajo de campo, en conversas con amigos, con los viejos, con la gente que nunca jamás veremos porque hemos hablado con ellas unos minutos en la cola para la Harina Pan o en el Banco. Esto para nada contaminará nuestro impulso creativo, nuestra intuición. Más bien la alimentará y proyectará, la hará más viva por ese diálogo que instalamos entre nuestra obra y el mundo.

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Seguid el ejemplo…

            —¿Crees que se pueda obtener un trabajo económicamente sostenible relacionado con la escritura al día de hoy en Venezuela?

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En este caso me gusta pensar como Luis Barrera Linares en su ensayo «Entre escritura pedagógica y literatura pedagógica: la multiplicidad de roles del escritor venezolano», ensayo que se puede leer en La negación del rostro (2005). En ese texto, el autor de En el bar la vida es más sabrosa nos habla que, en un país como el nuestro, es común observar que un escritor no solo es un escritor de ficciones. Un escritor venezolano debe, de alguna manera, financiar su labor creadora dedicándose a otros oficios. Por eso notaremos en las páginas wikipedias o en las pequeñas fichas biográficas de Goodreads o en las contraportadas, que además de haber publicado tal o tal libro, también este novelista se dedica a dictar talleres literarios, a dirigir alguna cátedra en la Universidad Central de Venezuela o de Los Andes, a trabajar de corrector en una editorial, e, incluso, puede que hasta pertenezca a otra rama del saber ajena a las humanidades y administran sus creaciones con los oficios para los cuales estudiaron.

            —Visión del medio en Venezuela y posible futuro del mismo. Recomendaciones.

Es difícil predecir lo que ocurrirá de aquí a unos años. Incluso, lo que ocurrirá la próxima semana. Y las capacidades premonitorias tan propia de los latinoamericanos, creo que se encuentran con una tarea complicada cuando se trata de un país como Venezuela. La única recomendación es que, aunque la situación esté dura para publicar (ya sabemos el problema del papel, el default editorial), no por eso debemos dejar de escribir. Están los blogs, por fortuna. En ellos, si bien no son una cómoda plataforma para una novela o un cuento de más de quinientas palabras, puede que sean una ventana para que nuestra palabra sea leída, textos breves, mientras que, por otro lado, escribimos nuestras obritas que, por fortuna, dios quiera sea así, algún día salgan a la luz en un libro con portada y todo y nuestro ego se hinche cada vez que lo veamos en las vitrinas de una librería y les tomemos fotos para postearlas en Instagram. Mientras llega ese momento, caramba, sigamos escribiendo que el papel retornará. Yo guardo infinitas esperanzas en eso. El que ama contar historias escribe, con o sin papel. Es una cosquilla que tenemos. Pero, claro, también escribimos para compartir una historia con los demás y, pienso, necesitamos que llegue ese momento. Nos urge. Y, desde luego, lo que escribamos debe ser un trabajo de calidad. Y, bueno, para cerrar. Leer y escribir son nuestras únicas necesidades. Y estas se verán recompensadas con la publicación. Y con la lectura de otros con las que estableceremos diálogos a la distancia. Y quién sabe si en el tiempo.

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